Toda nuestra existencia está ordenada en torno a las distracciones que nos permiten ponerla entre paréntesis, jugar con ella, bordearla y hacer como que hemos olvidado que sigue ahí y que nada la borrará del todo. Desconectamos.
Pero nada nos desconecta por completo.
Al final de cada juego, de cada texto literario, de cada gran ficción litúrgica – ya sea teatral o religiosa -, el horizonte de la caducidad reaparece: es nuestra esencia. El alcohol, las otras químicas, son sólo interruptores efímeros…
No hay ebriedad perenne. La conciencia retorna. Y el malestar de vivir en la precariedad, torna con ella. Y uno se hace a la idea de domarlo sin que jamás se vaya. O bien uno acelera. Aguarda a que una curva más cerrada, un pistolero más joven, o una dosis de química más alta extingan esa imposibilidad de ser lo que el deseo exige que se sea. Esa imposibilidad, que es la condición humana.
La Muerte, Gabriel Albiac.
Pero nada nos desconecta por completo.
Al final de cada juego, de cada texto literario, de cada gran ficción litúrgica – ya sea teatral o religiosa -, el horizonte de la caducidad reaparece: es nuestra esencia. El alcohol, las otras químicas, son sólo interruptores efímeros…
No hay ebriedad perenne. La conciencia retorna. Y el malestar de vivir en la precariedad, torna con ella. Y uno se hace a la idea de domarlo sin que jamás se vaya. O bien uno acelera. Aguarda a que una curva más cerrada, un pistolero más joven, o una dosis de química más alta extingan esa imposibilidad de ser lo que el deseo exige que se sea. Esa imposibilidad, que es la condición humana.
La Muerte, Gabriel Albiac.
La foto que encabeza el texto corresponde a Los Molinos (final) en Valdivia, ese invierno de 2007. En un tono de reflexividad y contemplación, el carácter del Divertimento III Valdivia-elinviernodelinvierno, difiere de sus predecesores. Las citas a Cassirer y Wittgenstein, en los primeros, se suman a las palabras de Kafka, que abren esta tercera parte. Su tono es atenuado, casi melancólico. El mal y la oscuridad son tematizados fragmentariamente, soportados por la música de Philip Glass: el Segundo Movimiento de su Cocierto para Violín. Abstracción, vacío, frío implacable, este video evidencia la ruina emocional, pero querida, de una estación que da alma e identidad a Valdivia y el extremo sur (fragmentos de Puerto Montt). Detalles, pequeños gestos y, una vez más, lo doméstico ligado a lo emocional de un estado de conciencia en un invierno que se imprime en el carácter y la personalidad de sus habitantes. Dedicado a los amigos, sin excepción, de Valdivia, a Argus K.K. y a su tierna humedad.
Lo que hecha de menos quien tiene nostalgia no es sólo el terruño, sino la propia identidad. La pérdida del propio hogar llena de sentido los dos términos del sintagma: “yo era un hombre que ya no podía decir ‘nosotros’ y que, por esta razón, decía ‘yo’ por costumbre y sin que me animara ya el sentimiento de la plena posesión del propio yo”. Reducido a sí mismo, el expatriado ya no es él mismo. Huérfano de la evidencia, comprende por defecto que los objetos, incluso los más prosaicos o los más funcionales, no se definen sólo por su calidad de utensilio y que, pese al triunfo moderno de la inteligencia racional, “todavía estamos reducidos”, para vivir humanamente, “a vivir entre los objetos que nos cuentan historias”.






