viernes, 7 de noviembre de 2008

EL HOMBRE DE GUAYAQUIL

EL HOMBRE DE GUAYAQUIL

En Combray, como todo el mundo nos conocía,
yo no prestaba atención a nadie.
En la vida balnearia, no conocemos a nuestros vecinos.

Marcel Proust, A la sombra de las muchachas en flor.

Hace mucho existió sobre la faz de la tierra una especie del género homínido que los especialistas bautizaron como el Hombre de Cromagnon. Yo les voy a hablar del hombre de Guayaquil, que, para los que contemplamos con cierta atracción y curiosidad un proceso que no agota sus posibilidades lectivas (el desarrollo de una épica poética), bien podría entenderse como el Hombre de Landaeta.
La naturaleza de este tipo antropológico propuesto por el autor, Rodrigo Landaeta, sugiere buscar por los territorios urbanos, pero que, de preferencia, se sitúen no muy lejos de zonas costeras. De hecho, la evidencia lingüística de su hablante lírico, apunta a relacionar este tipo antropológico con la condición del perdedor, del fracasado o, cuando menos, del expatriado dentro del propio contexto. El mismo autor ha sugerido que su obra es el resultado de una experiencia personal, donde su existencia se vio envuelta en la maraña que acarrea la situación del des-empleado, condición liminar que permite abrirse o cerrarse a la inmediatez que todo lo conmueve. No es difícil imaginar a su autor por los sinuosos caminos de la contemplación costera, hogar favorito del poetis chilensis, otra especie que podríamos denominar en riesgo.
La liminaridad o enajenamiento del propio contexto, es habitual en los llamados perdedores. Tal vez, el caso más evidente y comentado de tal condición venga de la cultura norteamericana o la inglesa. No es casualidad, dada la influencia persistente y metódica que invade los canales y circuitos de reproducción ideológica dentro del contexto nacional, encontrar definiciones y desarrollo conceptual en torno a la categoría del loser.
Pero antes, una revisión a dos tradiciones tomadas como ejemplaridad para este caso: la francesa y la alemana. En la primera, el perdedor, en francés raté, es percibido como alguien que ha fracasado en el proyecto de la vida, alguien frustrado en sus ambiciones. Prácticamente corresponde al paria social. La carga despectiva hacia quien se le profiere el término es despectiva, se podría decir totalmente negativa, constituyendo un insulto fuerte. De hecho, el diccionario francés-español traduce la noción, en este sentido, como el de un “tiro fracasado” (un tiro de escopeta, se entiende), fallido.
En el contexto alemán la condición de perdedor - que aquí lo hemos traducido como Versager - pesa sobre un sujeto que no tiene o no pudo alcanzar un alto nivel de realización. Alguien para quien la frustración se vuelve una molestia indeseable de la propia personalidad. Alguien con cero autoestima intelectual, que parece desconfiar secretamente de sí mismo y encubrir el hecho de no saber. De cualquier manera, se vuelve una persona indeseable y por quien se merece el rechazo y olvido del grupo de referencia.
Ahora, volviendo al caso inglés, el loser, es aquel sujeto que parece construir su perfil en torno a la negación de un otro. Si bien es cierto, se entiende como tal al individuo que no ha podido cumplir con las expectativas que se consideran obligatorias para conseguir el “éxito”, de acuerdo a las pautas que dicta el propio contexto, su particularidad vive en relación a la negación de alcanzar un único objetivo.
Se ha señalado que obtener un empleo respetable (lo que se traduce en obtener una determinada posición y poder adquisitivo), un círculo de amistades (por supuesto que existe la conformación de grupos de igual interés, pero refiere a quienes comparten metas en común y están dispuestos a instrumentalizar relaciones a cualquier costo y nivel, el mismo face book podría ser expresión de aquello); ser asignado o autoasignarse a un determinado estatus que destaque dentro del grupo social más amplio; formar una familia y referir discursivamente a un modo lingüístico marcado por figuras retóricas con una cierta tendencia a una forma o estilo de vida en torno al pensamiento comercial, conformaría a esta “Némesis”. Tal oposición se constituye como el winer, el ganador.
Es frente a esta alteridad y a su mundo que el loser se revela y reafirma su posición, negada por esta otra condición, que lo percibe como un mediocre, un don nadie y que por su ética no ha logrado destacar en algún aspecto de la dimensión social. Según la visión del winer, el loser no ha logrado convertirse en el “producto respetable y presentable para ser exhibido en el escaparate social”. Dentro esta lógica, al loser queda asociado al nerd (el ganso), llegando, incluso, a ser considerado como tal al devorador de libros o buen lector.
Popularizado por un grupo de música pop norteamericano, Beck, en la década de los noventa, el single “Loser” tuvo una fuerte popularidad y simpatía en una generación que comenzaba a masificar y estereotipar positivamente lo que hasta ese momento era fuente de exclusión y automarginación, con negativas consecuencias. De pronto comenzó a estar bien ser un loser, un out-sider.
Gracias a esta reivindicación u obedeciendo a otros factores de revalidación social, el loser se aparta de la media. Su figura se perfila como desfasada, diferenciada; situación que tiene, en último grado, una cierta cualidad de ambigüedad, puesto que pese a lo excéntrico y marginal, alcanza una condición de autenticidad y particularidad. Siempre dentro de la exclusión y la negación por parte de las otras condiciones, pero reivindicado por un grupo y, como se ha visto, por una generación que comparte su automarginalidad.
Más cerca de esto último, la figura de la entidad que habita el Guayaquil de Landaetta tiene un sustrato de sabor aún más propio. Como ha dicho el autor, la reminiscencia a Ecuador puede ser una pura anécdota. Se cuenta el caso de aquella división de tradiciones y etnias en torno a la geografía: por un lado la sierra - los longos - y los de la costa - los monos. Para los primeros los monos se constituyen como sujetos lánguidos, amantes del ocio, la apatía que bordea lo irresponsable y el desgano. Una muestra es la historia llegada a oídos del poeta respecto a dos feriantes en Quito que venden sus mercancías en una feria: el uno gritaba: “¡Cocadas, cocadas, cocadas!”, y el segundo, evidente acento guayaquilence, le seguía con: “¡Lo mismo!”, para no esforzar y fatigar demasiado su empeño productivo.
A no ser porque en Chile la figura del perdedor tiene algo de la noción negativa de los otros contextos, el sujeto se perfila en una ambigüedad y equívoco que va desde el “balsa” (alguien que excede los limites del normal comportamiento y que no tiene el mérito para realizar tales acciones), hasta la figura del mentalmente desequilibrado y, por tanto, más cerca de la locura: el “loquito de esquina”, como dice el poeta. Aquí se toca en algo con lo dicho respecto al raté francés, en cuanto “tiro fallido”. En Chile se diría directamente: chiflado, pifiado o pitiado. Por ejemplo: “Ese loco está pitiado” o, más dirigido a la ocupación y la frecuencia laboral: “Ese güeón es un tiro al aire”.
El caso chileno es rico y de amplias expectativas, por lo que merece prácticamente un texto exclusivo. Concentremos la atención en uno de los sustratos que subyacen a la noción, es decir, a la cosmovisión mapuche. En el mundo mapuche no existe una definición precisa que indique al perdedor, pero sí al que indica la figura del “loquito buena onda”, en “chileno”. Es el wes-wes. Sabemos que la reiteración en la mecánica lingüística mapuche es exagerar un atributo, pero en este caso no se conoce significado exacto a la partícula wes, por lo que, según mis fuentes, se trataría, posiblemente, de una especie animal Algo así como un pajarito de costumbre errática.
El wes-wes corresponde a una persona loca, pero “buena onda”, es decir, una “buena persona”. Alguien que habla mucho, que gesticula y que inventa historias donde los atributos de la realidad quedan evidentemente deformados, es un wes-wes. Alguien excéntrico. En “chileno” correspondería a una persona sospechosamente coherente: “medio güeviao”, “algo tiene”. Alguien que no se comporta como se debe, pero que tiene inteligencia y sabiduría. Su perfil se constituye muy cerca a la noción del bufón de corte, pues usa este atributo para acercarse lo que más pueda a los círculos del poder. Con muy buena aceptación y llegada hacia los más pequeños, es visto por estos como alguien alegre y dispuesto siempre al juego.
No obstante, el aparente nivel de aceptación social, el wes –wes será motivo de discriminación: las estructuras jerarquizadas y el progresismo de la sociedad mapuche, finalmente, lo perciben como un obstáculo para su propia “emergencia”.
Con todo lo dicho percibo en el hombre de Guayaquil una particularidad que remonta su naturaleza y origen a los ásperos días del holocausto organizado, plomizo y enfermo de la infancia ochentera: “cadena nacional”, “Exterminados como ratas”, El vaso de leche, Tardes de cine. Ecos de una poética central, ribereña, testigo de la honda nostalgia que, como una pesada carga, lo aplasta y, en algunas ocasiones, fatalmente, pagando con la propia integridad física: UCI, UTI, SAPU, meningitis.
Naturaleza plañidera la de este anthropos que, en ocasiones, desearía no serlo. Es verdad que se jacta del estar: “infancia”, “como dato”, “desesperada”, “Guayaquil”, “hombre cesado de su facultad mental”, citando al vetado. Pero el apego a la existencia suntuosa es más fuerte. Podemos imaginar al hombre de Guayaquil en un éxtasis, en una especie de plenitud con un melón calado, ponchera de blanco, en una tarde de cielo blanco sobre las rocas o la playa de Isla Negra. Lo vemos sobajeado por largos, diría eternos, fines de semana “guata al sol” y, por que no, derrochando poesía de litoral: ese miasma que el hombre de Guayaquil llama “quinta costa”, "quinta de recreo", Quinta de Mahler, como quiera, como quieran ellos leerlo. ¡Allá ellos! ¡Allá tú! Nadie puede impedir ese sino inescrutable del ser Guayaquilense, un “Schileno” de “cuschara”, un pseudo-Sumo, un vagabundo pletórico del Quisco que lo “cascó”.
Pero volvamos al origen: entre tiempo recobrado (otra referencia que recuerda a ese soberbio out-sider que hizo carrera de su desocupación, deificado por el poeta), tiempo malgastado y completamente perdido, el hombre de Guayaquil resistió, se reinventó y resurgió del infarto y la resaca que quisieron devolverle a la madre que le rezaba mirando hacia el quinto cielo. Resolvió, metió y ¡gol!: golpe bajo a la academia con su artesanal estilo, virtuoso, que hoy lo consagró cual Baco de Caravaggio. Genial en sus maestras jugadas, podemos imaginar al anthropos de Guayaquil como instructor de la milicia valdiviana, striper del alba y la vendimia que lo vio joder, enloquecido por daimones en el hombro, espalda y el pecho de palo.
No cerramos la lectura del Guayaquil de Landaeta, para eso están los siglos venideros. Sólo nos queda celebrar en esta modesta apoteosis la condición que, dado los tiempos y los mundos por venir, no será condición exclusiva, sino la quinta-esencia de ese sino insondable: la marca Chile.


Matías Uribe - Valdivia-Guayaquil – primaveradedosmilocho.

El texto corresponde al leído en el lanzamiento del poema de largo aliento, Guayaquil, del poeta Rodrigo Landaeta, el día jueves 30 de octubre de 2008 en la Alianza Francesa de Valdivia. En esa oportunidad se mostró, igualmente, el diaporama musical basado en la misma obra. La canción es el famoso pasillo ecuatoriano "Guayaquil" de Julio Jaramillo. Las imágenes corresponden a la Guayaquil de Landaeta.


3 comentarios:

arte orto dijo...

Wena compadre profundo tu texto aquel día en la frontera, se entiende que la poesía de este loco debe ser una especie de poesia periférica un out sider como mencionas.
Bueno suerte y recuerda que se viene la semana de la escuela, pronto aparecerá alguna locura .
saludos texto en el ser.

Matías Uribe dijo...

Hola Orto: me alegro que te pareciera bien lo del Hombre-otro, pronto estará acá. Tanto asi como periférica no lo veo, pero el out-sider está muy presente. Es una leve ironía que no llega a oradar, pero deja una leve ronchita, como esos zancudos que viven a la orilla de los walves. Saludo: ortarte.

Matías Uribe dijo...

Se me olvidadba, espero que leas la Vida-cero.